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Tras el paso del huracán ‘ike’
No se si han tenido noticias de los recientes huracanes que han asolado el Caribe y parte de la costa de USA en estos últimos días, nuestras hermanas en Cuba están bien, pero la situación provocada por el paso desvastador de dos huracanes Gustav e Ike en menos de una semana ha sido muy duro para estas tierras.
Holguín, 15 de septiembre del 2008
PRESBÍTEROS, DIÁCONOS, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y COMUNIDADES DE LA DIÓCESIS
Queridos hermanos y hermanas :

Después de haber visitado la casi totalidad de las comunidades que fueron más afectadas por el paso del huracán ‘Ike’ y, por tanto, haber conversado con varios de ustedes : párrocos, religiosas y miembros laicos de cada una de ellas, siento la necesidad de dirigirles unas líneas que sirvan de exhortación a renovar su confianza, ánimo y esperanza en el Señor, aún en medio de la realidad personal, familiar y social que estamos afrontando.
Mis palabras no son para repetir lo que los medios de comunicación han publicado porque, de una u otra manera, ustedes ya lo conocen en carne propia. Tan sólo pongo delante de mí el mapa de Cuba y dirijo la mirada a Moa -al extremo nororiental de la Diócesis- y, desde allí, avanzo por la costa norte hacia el oeste pasando por Sagua de Tánamo, Frank País, Mayarí (con Nicaro y Guatemala), poblados que, al igual que Baracoa, sufrieron la embestida de las primeras ráfagas del huracán para, después, continuar por los pueblos y comunidades que marcaron su trayectoria en territorio diocesano : Antilla, Banes, Freyre y Gibara para, pasando el límite de la provincia, adentrarme en el territorio tunero y recordar a Menéndez (Chaparra), Delicias, Puerto Padre y concluir en Manatí.
¡Qué duro, queridos hermanos !. ¡Qué momentos tan difíciles han vivido en unión de sus seres queridos !. Al haber tenido el encuentro personal con ustedes, las imágenes fotográficas o televisivas me dicen poco. Guardaré para siempre en mi corazón las profundas expresiones de fe que varios me comunicaron y que, a su vez, fortalecieron a tantos en la interminable noche de la vigilia de la fiesta de la Virgen de la Caridad. ¡Qué signo ! (en admiración) y, a la vez, ¿qué signo ? (en interrogación). Seguro estoy que el Buen Dios, a lo largo de los años venideros, nos permitirá discernir estos signos y, junto con San Pablo, podremos balbucear con los labios aquello que ya estará enraizado en el corazón : “para las personas que aman a Dios todas las cosas concurren para el bien” (Rom. 8,28).
Cuando cursé la Teología , al estudiar el tratado de Dios Creador, el profesor nos introdujo con mucha delicadeza espiritual y compromiso humano, en la reflexión sobre “la existencia del mal en el mundo”. Después de una breve motivación, nos dijo que debíamos hacer una distinción entre “el mal como problema” y “el mal como misterio”. A continuación nos explicó que “el mal es un problema” cuando su génesis se enraíza en la responsabilidad del ser humano, mientras que “el mal resulta un misterio” cuando no se encuentra o descubre su origen y, por lo tanto, se lo achacamos a Dios y le preguntamos : ¿por qué ?, al igual que hizo el salmista en el Antiguo Testamento y el propio Jesús en el madero de la cruz. Tal vez, recordando esta distinción, me llamó la atención escuchar al Dr. Rubiera hacer alusión a las consecuencias del irresponsable comportamiento humano con la Naturaleza , lo cual traía como consecuencia lo que hoy llamamos “cambio climático”, lo que ha generado los trastornos meteorológicos que afrontamos en el mundo.
Hoy recuerdo que, de las enseñanzas aprendidas en el Seminario, me quedaron algunas de ellas como consejos pastorales. Por ejemplo, clarificar que la postura de resignación no es querida por Dios, ya que quien se resigna se da por vencido. Por eso, hay ocasiones en la vida en que, ante la experiencia difícil o inesperada, la fe en Jesucristo permite asumir ese momento con una actitud de aceptación de la voluntad de Dios, aunque la misma sea incomprensible y dolorosa. Cuántas veces hemos rezado : “Señor, dame valor para cambiar lo que puede cambiarse ; paciencia para aceptar lo que no puede cambiarse, y sabiduría para discernir lo uno de lo otro”.
Por eso, pasado este triste y traumático momento vivido hace ya una semana, ¿qué hacer ?.
Permítanme compartir y ofrecer mi reflexión pastoral. Para esto leo, medito y rezo el texto evangélico de la parábola del Buen Samaritano que aparece en el Evangelio de San Lucas 10,25-37. Poco a poco -como en toda enseñanza de Jesús- tomo conciencia de lo que debo hacer y de lo que no debo hacer y, a la vez, escucho en mi interior aquella actitud, disposición o postura que el Señor quiere motivar en uno para, de esa forma, comportarse como verdadero discípulo suyo.
El texto de la parábola brota a partir de una pregunta capciosa que el maestro de la Ley le hizo a Jesús “para ponerlo a prueba” (v.25). En esta introducción descubro que, en la vida, suceden acontecimientos que a uno lo interrogan en la profundidad del corazón, ya que muchas veces vivimos por vivir, en un activismo febril, un día detrás del otro de manera mecánica y, sin querer, uno va por la vida sin una orientación precisa, sin un proyecto, sin un sentido que, en la medida que se posee y se esfuerza por construirlo, va fraguando la identidad personal, la razón de ser, las características como persona individual, singular, criatura e hijo o hija de Dios. Recuerdo aquel día que entré en la funeraria acompañado de dos compañeras de juventud e íbamos a transmitirle la condolencia a otra amiga del grupo que, a los pocos años de casada, se había apartado de la Iglesia porque -ella y su esposo- habían dado otra orientación a sus vidas y a la de sus hijos, pero, el esposo murió en un triste e inesperado accidente. Cuando nos acercamos a ella, nos dijo : “Ahora, cuando ya lo teníamos todo, miren lo que pasó”. ¡Un acontecimiento que genera una interrogante !.
Me viene también a la mente la canción que dice : “Parece que el ciclón ya se fue / y ya se pueden ver las estrellas ; / parece que la vida cambió / y yo cambié con ella”. Esta letra nos habla de ¡un acontecimiento que motiva una conversión, un cambio !
Y empieza la parábola. Jesús perfila bien al hombre dañado (v.30) : “dejado al margen del camino, despojado de sus ropas, golpeado y medio muerto”. Ante esa realidad pasan tres personas : un sacerdote, un levita y un extranjero (samaritano). No es este el momento de fijarnos en la triste postura de los dos primeros que “lo vieron, dieron un rodeo y siguieron de largo” (vv.31-32). Por lo general estos son los que se justifican, los que se quedan en la anécdota o, tal vez, en la lástima estéril.
Fijémonos, más bien, en el que actúa positivamente, es decir, “el que se compadeció de él” (v.33). Su actuación se subdivide en tres pasos. El primero fue bajar de la cabalgadura y acercarse al que estaba caído y tirado en el suelo (v.34a) ; el segundo, ofrecerle lo que traía en la alforja (aceite y vino) a modo de curación (v.34b) y, por último, “lo montó en la cabalgadura, lo condujo a un hospedaje y se encargó de cuidarlo” (v.34c). Fue al día siguiente cuando apareció el dinero (las dos monedas) para pagar al hospedero y la promesa de volverlo a hacer cuando viniese de regreso.
Solamente este versículo nos hace descubrir ¡cuán importante es, queridos hermanos y hermanas, el lenguaje de los gestos sencillos y espontáneos !. Así se lo pedimos al Señor en la Misa , cuando decimos : “danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido”.
El Papa Benedicto XVI en su Carta sobre el Amor, dice : “los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial. Necesitan también y sobre todo una « formación del corazón » : se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad” (cf. Ga 5, 6). Esta debe ser la motivación de nuestros actos. Amar no es una meta, es una vocación.
Y, también, la parábola nos enseña que, si ejemplar fue la actitud del samaritano, es significativa y laudable la del que estaba tirado al borde del camino. Aquel hombre caído aceptó humildemente su necesidad personal y acogió la totalidad del gesto en sus tres momentos : permitió la cercanía, dejó ser curado y vendado y, finalmente, aceptó ser levantado y atendido. Para ambos (uno al dar y el otro al recibir) aquel acontecimiento les permitió superar los prejuicios y las heridas históricas y culturales.
Al leer la Sagrada Escritura nos damos cuenta cómo el pobre no le pide limosna a Dios porque, de hacerlo, ¡dejaría de ser hijo !. Lo que le pide al Padre es justicia y misericordia, ya que son las expresiones propias del amor. Jesucristo, quien “nos amó hasta el extremo” (Jn. 13,1), no tuvo lástima de la humanidad al entregar su vida por nosotros, sino entrañable misericordia para rescatar en nosotros la dignidad de ser y sabernos hijos del Padre. ¡Ese fue el extraordinario regalo que brotó del Misterio de la Cruz que, para nosotros, es “poder de Dios” ! (1 Cor. 1,18), signo del amor de Jesús. Ser fieles al Crucificado es saber acercarse a los que sufren solidarizándose con ellos, es saber percibir la fuerza liberadora que se encierra en el amor cuando es vivido en toda su profundidad.
Finalmente, la parábola concluyó de manera diversa a como había comenzado, ya que es Jesús quien le preguntó al maestro de la Ley : “Según tu parecer, ¿cuál de estos tres fue el prójimo del que fue apaleado ?” (v.36). Y cuando el fariseo contestó acertadamente : “el que tuvo misericordia”, Jesús le hizo una invitación : “Vete y haz tú lo mismo” (v.37).
Por lo tanto, hermanos y amigos de las comunidades de la Diócesis , es hora de poner en práctica esta linda enseñanza con sus diferentes matices, de acuerdo a lo que el Espíritu de Dios inspire en el corazón de cada uno : mayor dedicación a la oración y a la contemplación, a la generosidad, a la confianza, a la apertura al otro, al perdón, a la humildad. Indudablemente que, en un momento como éste, debemos recordar que “la Caridad nos une”.
Cáritas, en muchas comunidades, ha ofrecido este gesto de amor de acuerdo a las posibilidades que ha tenido, ya que en las zonas afectadas los miembros de la comunidad cristiana también han sufrido -ellos o sus familiares cercanos- grandes daños en sus casas o en los bienes domésticos o en las cosechas y, les es difícil ser sujetos de una acción de la cual ellos mismos están necesitados. Es verdad que, después de siete días, ya pasó el impacto del acontecimiento -tanto material, como emocional y espiritual- y, ahora, se inicia el momento intermedio que corresponde a la recuperación personal, familiar y social y, aún para después, todavía falta lo que llamamos “a largo plazo”, la cual es de vital importancia. Por eso, resulta esencial conservar y acrecentar la recta motivación de nuestro quehacer caritativo para que el mismo sea sostenido y creativo a favor de tantos y tantos necesitados. Recuerdo a aquel campesino que, en estos días pasados, cuando miraba al platanal totalmente arrasado por la furia del viento, le pregunté : ¿qué necesita ? y, con voz pausada, me contestó : “Hoy necesito fortaleza y, dentro de unos días, además de la fortaleza me vendría bien una lima y un machete” [1] . Fue, entonces, cuando lo abracé y le recité los versos del canto infantil que dice : “A las cosas que son feas ponles un poco de amor / y verás que la tristeza va cambiando de color”.
El gesto caritativo forma parte de la misión evangelizadora de la comunidad cristiana y su motivación y dinamismo brotan de la oración personal y comunitaria, de la lectura y meditación de la Palabra de Dios y de la participación en los Sacramentos. Es en la vida espiritual donde radica el secreto de la constancia y gratuidad en hacer el bien. Esta es la base para sostener la disposición de servicio a los más necesitados cuando el paso del huracán haya dejado de ser noticia y las ayudas recibidas se hayan repartido. Es, en estos momentos, cuando se hace necesario ofrecer el aporte de la fe y del amor cristiano para que la esperanza del que sufre no se apague.
Antes de terminar quiero dirigir una palabra de fortaleza espiritual a los familiares de los fallecidos o de aquellos que aún sufren las consecuencias del impacto en sus diferentes manifestaciones.
Una palabra de aliento y cercanía a los párrocos y a las comunidades que sus templos quedaron derrumbados : Velasco, Manatí, Recreo y Floro Pérez [2]. También a las comunidades en las que sus templos perdieron totalmente el techo y, en varios de ellos, las puertas y las ventanas : San Andrés, Fray Benito, Potrerillo, La Nasa , Levisa, Guatemala, San Manuel y Puerto Manatí.
Una palabra de gratitud a tantos y tantos que abrieron sus puertas para acoger al vecino, a los que brindaron su servicio profesional en los hospitales, en las emisoras, en la defensa civil, en las evacuaciones, en los centros de servicios, etc. Y, en los días de esta última semana, a los trabajadores de los servicios eléctricos y telefónicos, a los que aún limpian las calles y las vías de los árboles y postes caídos, a cada uno de los que han sabido ofrecer un gesto de amor al prójimo.
Una palabra filial al Papa Benedicto XVI por el rápido gesto de expresarnos su cercanía espiritual y brindarnos su ayuda material. De igual forma nuestro reconocimiento a las Naciones, Organismos No Gubernamentales, Iglesias Hermanas de otros países, Organismos Católicos de Ayuda Internacional, amigos esparcidos en otras partes del mundo, holguineros y tuneros que nos han comunicado su solidaridad fraterna y disposición de aportar su colaboración material para paliar un poco las tantas necesidades que, en momentos como éste, tenemos que afrontar.
Una palabra de profundo reconocimiento a tanta gente buena que, personalmente, por teléfono o correo electrónico, me han dicho : “rezo por ti, por los damnificados, por la Diócesis y por Cuba”.
Hoy es hoy, queridos hermanos. Mañana será mañana. Recordemos el estribillo del canto : “... que sin esperanza ¿dónde va el amor ?”
A la Virgen de la Caridad del Cobre, Madre y Patrona de los cubanos, recemos un Ave María de veneración y cariño porque su Sí a Dios en Jesucristo, y su Sí a Cuba en su pequeña imagen, es el Amén de aceptación a la voluntad de Dios que permite que Ella hoy sea para nosotros la Virgen del Amor y, también, la Madre de nuestra Esperanza.
¡Ánimo¡. Con mi afecto y bendición,
+ Emilio, Obispo de Holguín
OBISPADO de HOLGUÍN
Remonter
