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La vida nueva del discipulo en el hijo
De esta manera las lecturas de hoy nos invitan a encontrarnos, a estar en comunión con él, a vivir con El y en El de forma continua y única. La vida del discípulo se irá transformando en la misma vida de Jesús a base de vivir de El mismo, a base de comer y de “beber su carne y su sangre”, de participar en su mesa, de encontrarnos con El.
Las lecturas del día de hoy nos hablan de invitación a la casa (Prov 9,1-6) donde alguien nos espera para un banquete que ha preparado. La Sabiduría personificada en una matrona, envía a sus criados a proclamar la invitación a este encuentro de amistad “a los lugares más altos de la ciudad para que todos escuchen”. El relato nos dice cómo es la casa : amplia, con siete columnas, allí hay una mesa bien dispuesta y con sitio para todos. No hay acepción de personas, todos tienen acceso a esa mesa. El banquete está preparado, a base de pan y de vino que son los elementos de la comida. Hay una invitación para todos para participar de este banquete que es símbolo de comunión y de fiesta, de intimidad y de encuentro. Comer con otros, beber juntos de una misma fuente de vida es expresar nuestra unidad de origen, nuestros sueños comunes y nuestra solidaridad. En la tradición bíblica se representa la máxima felicidad, la definitiva, con la imagen del festín (Is 25,6). Alimentarse no es un acto individual, sino comunitario bajo la mirada de aquel que nos da el pan. Los que participan de esta mesa tienen una relación personal que les provoca mucha vida.
El salmo 33,2-3.10-15 nos refuerza en su respuesta esta invitación : “Gustad y ved la bondad de nuestro Dios”. Quien ha hecho la prueba de gozar de su palabra, de su presencia, de su presencia, ha experimentado en él el gozo y la alegría y el sentido que le produce vida en abundancia, “más que si abundara en trigo y en vino”. La comunión entre Cristo y el creyente provoca un máximo de alegría y de vida que el salmista denomina “bondad de Dios”. Vivir de un encuentro y saberte siempre invitado a esta mesa con alguien que te acoge siempre, es motivo de enorme gozo.
En el Evangelio de hoy Jesús nos hace una invitación muy sorprendente :”comer y beber de su carne y de su sangre. Por el simbolismo del alimento nos revela el secreto de su propia vida, la íntima relación que mantiene con su Padre y con el creyente.
Es la última parte del discurso en la sinagoga de Cafarnaún. (Jn 6,51-58). Allí el Señor se presenta como pan que ha bajado del cielo, que comunica la vida a quien lo “come” (v.51). Estos versículos son el desarrollo de 35ª “Yo soy el pan de la VIDA, el que venga a mi no tendrá hambre”
51.- Una revelación en boca de Jesús. “Yo daré” se refiere a la muerte de Jesús, que está en su horizonte y la concibe como fuente de vida para el mundo. El pan es don de Dios. El v.50 y 51b son una llamada a adherirse a la persona de Hijo salvador del mundo.
52.- Objeción de los judíos
A lo largo del discurso se ha insistido en que Jesús es el mismo pan del cielo y ha insistido en la necesidad de que el discípulo coma de él para obtener la vida eterna. El pan es metáfora del don de Dios : comer es asimilar ese don, vivir de el.
Esto supone motivo de escándalo para el judío. Provoca la misma reacción que la del pueblo de Israel en Ex 17,2, murmuran como en 6, 41. La indignación y la protesta es lo que domina entre los galileos.
Comprenden muy bien que Jesús está afirmando su origen divino. Rechazan su palabra porque saben su significado. Lo que rechazan es que la vida les venga por la entrega en la muerte. Creer que la vida pasa por la muerte y la entrega, les asusta. Tanto a los galileos, como al creyente de hoy.
En la primera objeción (v.41) rechazan la encarnación del Logos. En la segunda (52) rechazan que la muerte de Jesús sea fuente de vida para todos. Es el escándalo de la cruz.
53-57.- El misterio del pan vivo.
El autor sigue profundizando en el misterio de la fe en Jesús que se da. Y añade un elemento nuevo : “beber su sangre” esto unido al “pan que el dará” simboliza su propia persona (v.57). Está dirigido a los destinatarios, que somos nosotros, los creyentes, cuya existencia se transforma por completo al configurarse y adherirse a la de Jesús.
En 6,44-47 el creyente tenia que escuchar al Padre y “venir a mi”, ahora se le invita a “comer y a beber”, es decir acoger la revelación del Hijo del Hombre en el misterio de la muerte, en su entrega al Padre.
53- El alimento se identifica con el donante a quien los judíos habían llamado como a un hombre cualquiera “este”, empeñándose en no ver en él más que a un hombre como los demás. Quien les habla viene de arriba. El creyente sabe igual que el evangelista, que Jesús es el Hijo de Dios. Que ha descendido para volver a subir al cielo (6,62)
La respuesta de Jesús se distribuye en dos binas que se agrupan en torno al v.55
A los que comen y beben se les anuncia : (de forma negativa 53) y de forma positiva (54) la vida en vosotros, la vida eterna.
54.- Tener vida exige una condición : la fe que ha de renovarse sin cesar.
55.- Versículo central : “Sí, mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”
Esta carne y esta sangre cumplen perfectamente, “verdaderamente”, la función de saciar el hambre y de calmar la sed de las que Jesús había hablado en el v.35b : “El que cree en mí no tendrá jamás hambre, el que cree en mí no tendrá jamás sed”.
El verbo comer en los vs 49,50,51ª tenían el significado de creer, lo tendrá también en el 58. El verbo beber indica la adhesión de fe al misterio revelado. Este misterio no es el pan en cuanto bajado del cielo, sino el pan en que se ha convertido Jesús para el creyente a través de su muerte.
56.- Aparece como única vez en Jn el tema de la inhabitación del Hijo en el creyente. La inmanencia mutua. Morada recíproca en el término “permanecer”. En esta relación no hay las distancias que mediatizan las relaciones humanas. Habla y expresa asimilación por parte de quien lo recibe y acoge. Es la amistad divina. Dos en uno. Somos seres habitados por una presencia : yo en El y El en mí.
Reciprocidad y paridad : yo le habito y El me habita. Amistad y reciprocidad. Dejar que el otro me habite, me invada y permanezca en mi ser, en la totalidad de mi persona. La amistad es una experiencia de inhabitación, permitir al otro estar y quedarse, residir y hacerse un lugar en mí.
Nos habla de lo que Juan captó en Jesús, de su relación con el Abba. Nos comparte lo mismo que había expresado en el prólogo hablando del Logos de Dios que estaba “junto a Dios” o “vuelto hacia Dios”. Son dos, pero al mismo tiempo son uno.
“Yo vivo por el Padre, el que me coma, vivirá por mí” Toda vida que tiene su origen en el Padre no puede existir más que en comunión con el, tanto el Hijo como el creyente.
Es la permanencia que expresa la relación Padre-Hijo, Hijo-creyente.
El Hijo es el mediador entre el Padre y el creyente (14,6), es el lugar en el que se realiza este encuentro. Por el Hijo llegamos y conocemos al Padre. Por el Hijo nos hacemos hijos.
57.- Doble registro de la permanencia : relación Padre-Hijo, la relación propia de Dios mismo. Y la relación Hijo-Discípulo, una relación de alianza. La relación que se establece entre el Hijo y el creyente no puede disociarse de la que existe entre el Hijo y el Padre.
Juan al final del discurso llega al corazón de las relaciones existentes entre Padre, Hijo y el creyente : El Hijo es el perfectamente dependiente del Padre. El creyente es el que come el pan, a saber, el que vive por su fe, el que se ha adherido a la persona de Jesús. A su modo de pensar, de actuar. A ir por la vida con El, desde El y para El.
58.- Conclusión en la que se retoman los datos anteriores.
En la segunda parte 58b Jesús no cuestiona el valor normativo de la Escritura pero critica que se ha hecho de los padres, la referencia última y definitiva. No se puede cerrar la intervención de Dios en el pasado. El presente requiere una nueva interpretación. Y la única norma para el presente es el pan de la eternidad, Jesús dado por Dios y que se da a sí mismo hasta la muerte a fin de realizar nuestro paso de la muerte a la vida.
De esta manera las lecturas de hoy nos invitan a encontrarnos, a estar en comunión con él, a vivir con El y en El de forma continua y única. La vida del discípulo se irá transformando en la misma vida de Jesús a base de vivir de El mismo, a base de comer y de “beber su carne y su sangre”, de participar en su mesa, de encontrarnos con El.
Ascensión González Calle, R.A.
Provincia de Ecuador-Chile
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