Enregistrer au format PDF Imprimer l'article envoyer l'article par mail

Fiesta de la Transfiguración

Escuchemos esta misma palabra del Padre dirigida a cada uno de nosotros : Tu eres mi hijo, mi hija amada. Escucha a mi Hijo, contempla su vivir y su morir, aprende a ser hijo, hija del Padre Dios.

La liturgia nos lleva a celebrar, al empezar la novena de preparación a la fiesta de la Asunción, al Cristo transfigurado, el mismo que mas tarde será el crucificado y el resucitado. El que se nos proponga justo en este momento, nos lleva a pensar en la Asunción como misterio de la transfiguración de María. Y así fué. Pero hagamos la lectio de este texto del Evangelio de Marcos.

Jesús está caminando con sus discípulos y, poco a poco, les va presentando su vida y su mensaje. Le habla de él, de su misión en este mundo, de lo que significa ir con él, seguirle, escucharle... De vez en cuando se retira con sus discípulos, a veces solo con algunos de ellos, y va al monte a orar. Hoy lo encontramos en el monte Tabor junto con Pedro, y los dos hermanos Santiago y Juan.

La Biblia nos habla en el Antiguo testamento de las subidas de Moisés al monte Sinaí al encuentro con Dios. En Exodo 24, 12 se nos dice que se quedó allí seis días y de repente se encontró en presencia de Dios. Y un poco más adelante en este mismo libro, se nos dice « al bajar del Monte Sinai, la Montaña en donde el Señor le había entregado las tablas de la LEY, las palabras de la Alianza, Moisés tenía el rostro resplandeciente tras haber hablado con Dios, hasta tal punto que « tenía que cubrirse el rostro » para no asustar a los hijos de Israel. » (Exodo 34,29-35).

Esta manifestación de la gloria de Dios está presente en el texto de Marcos. Pero esto no es lo central del relato. Jesús acaba de decirle a los que estaban en torno a él y le escuchaban, que para salvar la vida hay que perderla. Que quien la pierde la gana. Sin duda alguna, esta dinámica nueva nos supera a nosotros como superaría también a los discipulos de Jesús. Jesús nos muestra su destino : la resurrección, la glorificación por parte del Padre pero pasando por la cruz. Si a través de la muerte, resucita, es porque en él Dios, el Padre, se afirma como el Señor de la vida. A partir de Jesús, para nosotros que le pertenecemos, Dios quiere afirmarse como el Señor de la vida. Por eso perder la vida es salvarla, porque es recibirla de Dios como una vida, no ya a medida nuestra, sino a la medida misma de Dios. Lo que sucede en Jesús, sucederá también en nosotros. La Transfiguración de Cristo es la promesa de una transfiguración de la existencia de todos.

Jesús nos invita a entrar en el camino de la vida que él nos indica, sin vacilar por nuestra parte en vivir como él vivió, dejándonos impulsar a vivir como el vivió.

Abrámonos a la profundidad del don de Dios. En el Hijo transfigurado, en su rostro de luz, está presente toda la vida divina. Y él nos llama a participar ya de esa vida divina, a dejarnos transfigurar, a dejar que se manifieste en nosotros todo lo que de él, de Dios, hay en nosotros, en nuestras vidas.

Escuchemos la voz del Padre. La voz que se dirige a los testigos de la Transfiguración utiliza las mismas palabras venidas del cielo pronunciadas en el bautismo. En los dos casos se trata de una declaración de identidad y de la afirmación de todo el amor del Padre que acompaña al Hijo en su caminar : « Este es mi Hijo amado, en quien me complazco ; escuchadle. »

En el bautismo era necesario declarar la autoridad de Jesús para que sus auditores acogieran el Evangelio. Ahora es otro momento : justo antes de la Transfiguración, Jesús había anunciado a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén donde iba a morir. Jesús quiere enseñarles ahora que incluso en la muerte, el Hijo seguía siendo el Hijo Amado y que el rostro de dolor coindidiría con el rostro de gloria. Esta dimensión pascual está presente en todo el texto aunque al final no aparezca muy clara. Hay que acostumbrarse a leer todo el amor del Padre hacia su Hijo y hacia nosotros en nuestros momentos de dolor y de sufrimiento. El no los manda pero viene a nuestro encuentro allí donde estemos para colmarnos de gloria.

Escuchemos esta misma palabra del Padre dirigida a cada uno de nosotros : Tu eres mi hijo, mi hija amada. Escucha a mi Hijo, contempla su vivir y su morir, aprende a ser hijo, hija del Padre Dios.

Un último elemento que podemos contemplar : Gloria, Luz en medio de las tinieblas. Los personajes entran en una nube a la vez luminosa y oscura. La nube viene muy a menudo en el Exodo para manifestar la presencia divina. Ahora ya vamos hacia el éxodo definitivo. Lucas dice en su relato que Moisés y Elías hablaban con Jesús de su éxodo definitivo que iba a realizarse en Jerusalén. En este éxodo no hay desierto salvo el de la muerte. Como en la travesía del desierto en el Exodo, Pedro quiere levantar también tiendas. Pero las tiendas indican que uno quiere instalarse, interrumpir el camino. Pedro no quiere dejar lo ya conseguido, el lugar de gloria. Pero hay que seguir por ese sendero que se vislumbra ya y que conduce a Jerusalén, la ciudad que « mata a los profetas ». ¿Por qué callar el hecho de la Transfiguración hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos ? Porque solamente entonces se podrá comprender que la gloria viene por la cruz.

Que María nos ayude a contemplar esta Palabra de hoy y a entrar, también nosotros, en un camino de transfiguración.

Sr. Cristina Maria, ra
Malaga - España

01/12/2008
Enregistrer au format PDF Imprimer l'article envoyer l'article par mail
> Tous les articles remonter Remonter