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Domingo de Pentecostés
Explicación
El libro de los Hechos, en el capítulo 2, relata el primer Pentecostés dentro de la casa ; a continuación del relato viene un discurso donde Pedro pone de manifiesto su sentido de salvación para todo el pueblo. La efusión del Espíritu ya había sido anunciada por Jesús : seréis bautizados en el Espíritu Santo (Hch. 1, 5). El acontecimiento de Pentecostés es inseparable de la Ascensión ; es en cierto modo el reverso de la medalla. Juntos, representan el cumplimiento, tanto de la subida de Moisés al Sinaí donde recibió las palabras de vida (Ex 19, 20), como de su bajada hacia el pueblo al cual transmitió las diez palabras (Ex 19, 25). La subida al cielo de Jesús y el envío del Espíritu Santo son pues las dos facetas de la misma realidad : en un mismo movimiento, Jesús es exaltado a la derecha del Padre para recibir el Espíritu de la promesa, y derrama el Espíritu sobre la comunidad mesiánica. Desde los tiempos apostólicos y hasta el siglo IV, se conmemoraba la Ascensión en el monte de los Olivos el día del Pentecostés por la tarde, uniendo en la misma celebración la subida de Jesús al cielo y el envío del Espíritu Santo.
Meditación
En el evangelio de Juan, el primer don que Jesús otorga a los suyos es el don de la paz. Ya el Antiguo Testamento consideraba la paz como la obra de Dios ; significaba la salvación escatológica (Is 52, 7). He aquí lo que es ofrecido con la resurrección de Jesús : entrega a sus discípulos el don de la paz de los últimos tiempos mientras dure la historia. ¡La paz esté con vosotros ! Paz porque está presente en nuestra historia y acompaña nuestro caminar, paz porque no nos deja solos. Esta seguridad no debe replegarnos sobre nosotros mismos ; este don es también un envío en misión, una vocación : Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros. Se trata de dar, con la fuerza de la gracia, testimonio de la resurrección del Señor.
El segundo don que Jesús hace a los suyos es el Espíritu : Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo : - « Recibid el Espíritu Santo. » El Espíritu Santo, en el evangelio de Juan, es el defensor. Es enviado a los hombres por el Padre, a petición de Jesús. Sigue guiando a los discípulos de Jesús, recordándoles sus palabras, haciéndo de ellos sus testigos. Será su defensor en un mundo que no los acoge, de la misma manera que no acogió a Jesús.
En los Hechos de los Apóstoles, el acontecimiento de Pentecostés se relata igual que una teofanía : viento y fuego son los signos de la manifestación de Dios. Se trata, en realidad, de la venida del Espíritu de santidad sobre los creyentes ; los colma y los hace capaces de dar testimonio. Es el comienzo del servicio de la Palabra que prolonga la misión profética de Jesús mismo. La palabra de los Apóstoles va dirigida a todos : una fuerza extraordinaria adapta esta palabra a cada oyente, a cada cultura. Los oyentes quedan estupefactos y perplejos, llenos de confusión, como ocurrió con los constructores de la torre de Babel. Pero mientras que en el episodio de la torre de Babel, la causa de la diversidad de lenguas fue el orgullo de los hombres, aquí es el Espíritu Santo quien permite a los testigos unirse a los hombres en la diversidad de su lenguaje.
Con la venida del Espíritu sobre los Apóstoles, queda inaugurado el tiempo de la Iglesia : la efusión del Espíritu hace existir a la Iglesia y la envía para una misión universal. El don del Espíritu consiste en poder dar testimonio de Jesucristo. La Iglesia, que nace del don del Espíritu, es por definición una comunidad misionera ; cada uno recibe en ella el Espíritu, figura de los tiempos escatológicos, para dar testimonio. Cada uno de nosotros estamos invitados a dar testimonio reconociendo con humildad que es Otro quien actúa en nosotros y por nosotros... ¡pero no sin nosotros !
Espíritu Santo, ven a nuestros corazones para que nuestra manera de ser y de actuar sea cada vez más conforme a la de Dios y que nuestras vidas se transformen así en epifanía del amor que une al Padre con el Hijo en el Espíritu.
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