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Domingo 4 de Adviento

La casa donde el Mesías, Jesús, quiere habitar. María, por la acción del Espíritu, pudo acoger en su morada, en ella misma, a la nueva creación, Jesús, el Hombre nuevo, como un día, ese mismo Espíritu dió vida a la primera creación. Solo es necesaria nuestra fe y nuestra disponibilidad a la Palabra. Y seremos "morada de Dios."

La casa donde el Mesías, Jesús, quiere habitar

IV Domingo de Adviento : 2 Samuel 7, 1-5.8b-12.14a.16
Carta de Pablo a los Romanos 16, 25-27
Lucas 1, 26-38

Poco a poco nos vamos acercando al misterio de navidad. Poco a poco nuestra preparación se va haciendo mas viva y concreta, tanto en nuestros corazones como en todo lo que nos rodea. Los cantos navideños, los villancicos y todo tipo de melodías populares están resonando en iglesias, oratorios, calles de las ciudades, pueblos y aldeas... Y la palabra de Dios de este domingo nos va a hablar de preparar ya « la casa » para acoger a Aquel que no cesa de venir. Los personajes que nos van a ayudar serán : David, el rey, para quien no es posible que el Arca de la presencia de Yahvé esté yendo de un lado para otro, y María, una mujer a quien se le pide lo totalmente inesperado : acoger en su ser al Mesías, ser ella misma morada del Espíritu Santo.

La primera lectura nos narra el gesto de David : agradecido por tantos beneficios de Dios, planea edificar un templo al Señor. Pero será Salomón, y no David, quién tendrá este honor. Los planes de Dios son distintos, como nos dice la profecía de Natán. La elección de David -como la de María y como la nuestra- es pura gracia y fruto de la benevolencia de Dios. Por amor a David y a su pueblo, Dios le promete la permanencia perpetua de su reino. La misericordia, el amor compasivo de Dios, su fidelidad... es un edificio eterno. Esta es la promesa que tantas veces Dios ha hecho. Y es el fiel. Y a ello es a lo que David tiene que aferrarse.

El relato de la anunciación a María comporta unos elementos sencillos : la elección de Dios, la intervención del Espíritu, la aceptación de María en la fe, el Hijo de Dios que nace de una mujer. Detrás de estas palabras del ángel, se anuncia la realización de la promesa hecha a David por medio del profeta Natán : Te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu reino será eterno.

El misterio escondido desde siglos, prometido ya a Eva, es revelado ahora como nos lo explica Pablo en su carta a los fieles de Roma. El misterio, lejos de ser algo que no podemos ver ni comprender, es para Pablo lo que es revelado a todos para la salvación de todos. Y ese misterio es el mismo Jesús, el Salvador, el Emmanuel, Dios-con-nosotros. Jesús, el Señor, es para todos, sin distinción de raza, de lengua, de pueblo...

Ya desde este domingo, y a pocos día de la celebración de la Navidad, se nos invita a entrar en la profundidad de la fiesta. Los nacimientos que ya estamos contemplando, tienen como centro una casa. La de los nacimiento está hecha de paja, de cartón, de adobe, de cemento o de ladrillo...a imagen de las casas que habitan los seres humanos. Pero la casa privilegiada para Dios es el corazón de cada ser humano. Esa es su morada. Entremos en ella, en la nuestra y en la nuestros hermanos para encontrarnos con la gozosa presencia de todo un Dios.

María, por la acción del Espíritu, pudo acoger en su morada, en ella misma, a la nueva creación, Jesús, el Hombre nuevo, como un día, ese mismo Espíritu dió vida a la primera creación. Nosotros todos, en nuestros vasos de barro y por la acción del Espíritu, podemos también acoger a Jesús y recibir de El nueva nida, re-nacer en El y con El. Solo es necesaria nuestra fe y nuestra disponibilidad a la Palabra. Y seremos « morada de Dios. » Escribo estas palabras sabiendo la tensión en la que vive nuestro mundo : Cielos, destilad vuestro rocío ; tierra, derramad la justicia ; ábrase la tierra y brote la salvación ! (Isaías 45, 8)

Cristina María González, r.a.

01/12/2007
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