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5 Domingo de Cuaresma

Sin estas palabras de Jesús no podemos entender el discurso del Pan de Vida. En el pan se contiene el misterio de la pasión. El pan presupone que la semilla ha caído en tierra, muriendo para dar crecimiento a la espiga.

En este V Domingo de Cuaresma, nos encontramos cada vez más cerca de la Pasión del Señor. Podemos apreciar la compresión de la pasión, muerte y resurrección en San Juan como una única realidad, que el evangelista define como glorificación. El Hijo glorifica al Padre con su obediencia hasta la muerte, y el Padre glorifica al Hijo resucitándolo de entre los muertos.

Ha llegado la hora. Con estas solemnes palabras Jesús responde a Andrés y Felipe, ante el deseo de los griegos, de ver a Jesús. La curiosidad de estos griegos, simpatizantes del judaísmo, por ver al Maestro, era normal. Habían visto la entrada de Jesús en Jerusalén y el entusiasmo de la muchedumbre, aclamándole como rey de Israel.
El papel de los griegos aquí, nos recuerda el de los magos de Oriente en el Evangelio de Mateo. La misión del pueblo elegido era dar testimonio a los pueblos del único Dios digno de adoración. Jesús había venido para dar cumplimiento a esta esperanza. San Juan del mismo modo acentúa la muchedumbre en torno a Jesús : “todo el mundo le sigue”.

El evangelio de este domingo está situado en el centro del Evangelio de San Juan, como si este capítulo fuese “puerta de acceso”, finaliza la narración de los signos de Jesús, y se abre la puerta hacia la verdad y el verdadero significado de los mismos. Este umbral significa que ha llegado la hora a la que Jesús hace referencia en las bodas de Caná, cuando responde a su Madre : Mujer, mi hora aún no ha llegado. Él realiza el milagro de Caná, sin embargo no había llegado la hora de su glorificación. Su gloria no se cierne a los milagros. Estos no son más que signos.

El grano de Trigo...En este mismo umbral en el que Jesús habla de su hora, nos encontramos en su discurso con una de las palabras claves del Evangelio de Juan : Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto. En sus palabras Jesús está pensando en judíos y griegos, y en todos los pueblos del mundo. Sin estas palabras de Jesús no podemos entender el discurso del Pan de Vida. En el pan se contiene el misterio de la pasión. El pan presupone que la semilla ha caído en tierra, muriendo para dar crecimiento a la espiga.

La glorificación de Jesús revela a Dios como Padre. Esto acontecerá con la Pascua, con la que será sellada la Nueva Alianza.
Tanto el evangelio como la Carta a los Hebreos nos hablan de la hora de Jesús, como un momento doloroso. Jesús es verdadero hombre, a gritos y con lágrimas se dirige al Padre. No oculta el miedo ante la muerte cercana. Y en la oración, en este diálogo con el Padre decide entregar la vida. Con su muerte glorificará al Padre porque para Él lo más importante es la unión con Él. El regalo que nadie puede quitarle es su dignidad de Hijo. Por eso Jesús habla de mi hora.

Con su muerte el Padre responde a la absoluta obediencia del Hijo, atrayendo a todos hacia Él, y dando el Espíritu. Esta comunión en el Espíritu es la Nueva Alianza a la que se refiere el libro de Jeremías, en su profecía del mandato inscrito en el corazón.

El grano de Trigo, la Nueva Alianza, la glorificación del Hijo... son evocaciones todas presentes en nuestra vida cristiana.
Nuestro pan de cada día es portador de la presencia de Cristo, de su pasión, su muerte y resurrección. Es pan que reúne a la humanidad y en el que se expresa nuestra esperanza. El pan destinado a la Eucaristía, como menciona la Didaché, estaba esparcido por las montañas, pertenece por tanto a toda la humanidad y sólo compartido y repartido al estilo de Jesús en la entrega de su vida, se hará posible el banquete del Reino ya en nuestra tierra. Así en este domingo, que la glorificación del Hijo haga realidad nuestra hora, en la que con su misma dignidad, nos vayamos convirtiendo en lo que recibimos.

S. Beatriz Mengs
Europa del Norte

01/12/2008
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